Nos fascina su calma y nos impresiona su fuerza. Es la esencia del cambio constante, con la que es posible identificar nuestras propias vidas. Cuando estamos en él, el mundo en el que vivimos se para. Hay una especial conexión con nuestro sistema nervioso, pues lo calma casi de inmediato.

El océano representa la libertad que la tierra no nos da. Ha fascinado al ser humano desde que tenemos memoria, y de hecho, ¿no es acaso el sonido de sus olas el que evocamos cuando queremos relajarnos?

Quitarte los zapatos, los calcetines y echar a correr por la playa; cerrar los ojos y sentir la arena mojada, cada ola que te moja los pies y su olor, que te transporta…

Estas sensaciones, que aprendemos desde nuestra primera experiencia al contemplarlo, nos seguirán el resto de nuestras vidas. Es un sentimiento que une a todos los seres humanos. Y es que no existe playa triste.